lunes, 8 de marzo de 2021

El baile de la gacela (2018) Crítica de Cine de Gabriel González-Vega

 


Bailar con “Queen

 

y “El baile de la gacela

 

*Gabriel González-Vega

gabriel.gonzalez.vega@una.cr

 

Queen, forever

 

El buen cine tiene valor universal. Se parte de lo concreto y se llega a interesar a públicos diferentes alrededor del mundo gracias a que conecta con esa humanidad más amplia que nos hermana a todos. Uno de los beneficios de viajar -algo en lo que me empeño, mochilero jubilado, es comprender cómo, con sus manifiestas diferencias, los seres humanos compartimos lo esencial. Somos variaciones de un mismo ser. Acaso expresiones de una sola magnífica inteligencia del universo. Máxime nosotros, los sapiens, únicos sobrevivientes de la veintena de especies del género homo.

 

Así disfrutamos de películas que sentimos muy cercanas, como “Rapsodia Bohemia”, por nuestro apego a la excepcional música pop de Queen y la admiración de la compleja personalidad de Freddie Mercury. El filme, que no alcanza la enorme estatura del grupo británico, sí está muy bien hecho y cautiva -el público lo adora, igual que a la banda, o mejor dicho, a ésta a través del audiovisual. Sin embargo, acierta la crítica al señalar que algo falta, quizá más profundo, intenso y desgarrador; algo más reflexivo que el colorido carrusel dramático que muestra. Falta, pienso, de lo que carece su director Bryan Singer, sin duda notable artesano del cine, de gran destreza tecnológica, pero no filósofo ni artista como habríamos deseado para este filme (como un Alan Parker, un Danny Boyle o un Alfonso Cuarón; por no decir un Derek Jarman resurrecto). Mas, sin duda la recomiendo, antes que me canten “don´t stop me now…”. Que se disfruta se disfruta. A fin de cuentas los Queen originales Brian May y Roger Taylor la produjeron y el poco conocido protagonista Rami Malek (que mereció el Óscar al mejor actor) hace un esfuerzo descomunal para acercarse a Mercury; es tan bueno que a ratos se lo creemos. Una clave que me encanta es que Freddie dice que su relación máxima con Mary Austin, la misteriosa mujer que siempre amó más allá de su condición de gay, se basa en que “creemos el uno en el otro”.

 

Un baile… lleno de gracia

 

Cuando un filme, además, surge de nuestro entorno, y logra empatía con el espectador y sus dimensiones, mejor aún. Es el caso de la ópera prima de Iván Porras -cine costarricense premiado en Montreal- que ha sido bien recibida por el público aquí, aunque alguna crítica la trata con displicencia.

 

La fui a ver dos veces y salí convencido. En especial de lo positivo de su historia, simple e ingeniosa. Y con un trasfondo humanista admirable. Y además urgente. Está bien estructurada, más lenta al inicio, con giros atractivos. No es pretencioso y eso se agradece; no trata de ser genial y no hace falta. Otras pecan por ser una mezcla lamentable de ambición y falta de talento. Mas este relato fluido complace, interesa, y deja valiosas enseñanzas. Acierta al penetrar el mundo de los adultos mayores; lo hace con amabilidad, con ternura, con agudeza. No olvidemos que sufrimos una sociedad donde la vejez es una maldición, donde la experiencia se menosprecia, donde la solidaridad se desvanece. También trata con sagacidad y elegancia la diversidad de género y sexual. Tema difícil, polémico, divisivo; lo lleva con cautela y discreción, y cuando nos damos cuenta ya ha hecho una defensa radical de la libertad de construir los sueños de cada uno, de amar a quien nos nazca. La obra dice mucho más de lo que parece; en el fondo es revolucionaria mas no se jacta de ello. Y eso la hace más eficaz.

 

Bien, por la carga simbólica. El protagonista y el público siguen un proceso de apertura mental en varios sentidos. Que sea futbolista, deporte que muchos practicamos y adoramos, pero que ha sido refugio de machismo y homofobia, aumenta el valor de ese camino hacia la madurez y el respeto. Bien que a diferencia de algunos concursos televisivos de baile anodinos, con supuestas estrellas locales -hasta lacras de la política desfilan por esas pasarelas tan artificiales-, en la peli hay una competencia más libre, más alegre, más auténtica. Gente que se niega a dejar de disfrutar la vida, juntos, cuando la soledad amenaza, aunque los achaques la acongojen. Bien por la relación erótica de la pareja de bailarines, tan natural, tan hermosa; urge que se respete la sexualidad de la gente mayor, que se comprenda su necesidad y naturalidad. Bien por la generosidad y entusiasmo con que la nieta lo atiende, sabidos de la frecuencia con que los jóvenes los marginan. Bien por el humor que atraviesa toda la obra, casi siempre sutil, destemplado en el personaje vehemente de Marenco. Que, por cierto, qué dicha que se incluyó a valiosos intérpretes nacionales, como Álvaro, gente fogueada en el teatro, la televisión y nuestro aún escaso cine, que a veces las personas que improvisan en otras películas no dan la talla o las ponen allí forzando el argumento para explotar un personaje ya construido en el imaginario popular, especialmente televisivo. Para mi fue un deleite volver a ver a Mariano González, Arabella Salaberry, Jaime Hernández, Winston Washington y al mismo Marenco, que hacen un trabajo digno, correcto; a veces brillante. Mención especial merece mi antiguo profesor de artes marciales (en Patria Joven), Patricio Arenas, que construye un personaje excepcional, de una riqueza emocional enorme, digno de los mejores filmes, no de aquí, del mundo. Hay varias capas de significado en su historia de lucha contra el prejuicio, de logros y sinsabores; una tensión formidable entre su Eros y su Tanatos, extremos impuestos por una sociedad excluyente. Junto a la carismática y experta Vicky Montero, Marco Antonio Calvo se defiende muy bien y logra sostener el filme; es meritorio porque constantemente tiene que expresar emociones nuevas. También aprecio la ambientación adecuada, así como la fotografía funcional que sabe usar los primeros planos y los planos detalle con gran destreza y un sonido excelente, asunto que en este país con frecuencia incomoda.   

 

Cine nacional agradable, ni rebuscado ni baboso como lo hay, con un mar de fondo para el que se detenga a examinarlo, mas suficiente, a la primera mirada, para sembrar buenas intenciones e iluminar otras historias. Dos ideas -palabras más palabras menos- me sedujeron: “Todos tenemos nuestra final del `76”, es decir, todos hemos caído muy bajo y sin embargo podemos levantarnos. Y “La danza es lo mejor que te puede pasar en la vida. No lo olvides nunca.” Aplica a la danza, sí, maravillosa; aplica al arte, aplica a la vida misma. “El baile de la gacelaes en definitiva un filme sobre la maravilla de estar vivo, de aún estar vivo. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

 

*Académico jubilado de Estudios Generales, UNA


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