lunes, 24 de agosto de 2009

Recomendación


La hamaca paraguaya (2006)
Duración: 1h 28minGénero: Drama.
Elenco: Ramón del Río y Georgina Genes

Sinopsis: 14 de junio de 1935. En un lugar aislado en tierras de Paraguay, Cándida y Ramón, un matrimonio anciano de campesinos, esperan el regreso de su hijo, que partió al frente para luchar en la Guerra del Chaco. También esperan la llegada de la lluvia (que a pesar de los pronósticos no llega nunca), del viento (que no sopla), que el calor desaparezca (que sigue impertérrito a pesar de la estación), que la perra deje de ladrar (aunque nada consigue dejar que ladre), y, por último, esperan que las cosas mejoren. Y ese instante de eternidad se sitúa entre el pasado y el futuro por llegar. Pero dentro de la pareja cada uno ve las cosas a su manera: Ramón, el padre, hace frente a la espera con optimismo, mientras que Cándida, la madre, está convencida de que su hijo ha muerto. Sin embargo, los papeles se invierten durante la espera: el padre y la madre reciben una señal del hijo, que les va a hacer cambiar de actitud y postura.

Dirigida por Paz Encina, con Georgina Genes, Ramón del Río.

Filmar la espera. Gilles Deleuze ha dejado sus valiosas reflexiones sobre la relevancia del cuerpo cuando la cámara filma la espera, y en este caso no sólo se trata del cuerpo de los personajes en sus ceremonias cotidianas sino del cuerpo de la tierra toda.
Una pareja pasa sus días esperando el regreso del hijo que ha ido a la guerra; esperan mientras conversan sentados en la hamaca, en medio del monte, y esperan mientras trabajan. Cándida y Ramón esperan –cada uno a su manera, negándose a lo peor– al hijo, esperan la lluvia y el fresco, el fin de la guerra, esperan la muerte. Sus conversaciones no pueden ser más triviales: la tormenta que no se decide a descargarse, la perra que ladra sin cesar, el hijo, si vive o habrá muerto. Se trata del film más original que se ha estrenado en lo que va del año, y si agregamos que es el primero filmado en Paraguay en treinta años, dirigido por una joven formada en Argentina, y hablado íntegramente en guaraní, el grado de extrañamiento se acentúa.
Esta rara suerte de Esperando a Godot es fruto de una propuesta estética muy arriesgada, no apta para quienes gusten del cine narrativo más convencional de imagen-acción. Por el contrario, apela a una particular disposición del espectador amante de un cine de climas, de atmósferas. De un riguroso minimalismo, el film –circular, abre y cierra con larguísimas tomas en el mismo lugar– está realizado con una cámara siempre fija que toma planos generales de la pareja, del cielo encapotado, de los trabajos y los días de esos únicos personajes. Sólo en tres oportunidades la cámara se acerca a los protagonistas: en dos de ellas, mientras trabajan, hieráticos, los padres evocan sendas conversaciones con el hijo, superponiéndose sobre la capa del presente, otra del pasado. La imagen recuerda lo mejor del cine japonés, del cine iraní. Los bellísimos, escasos planos de Hamaca paraguaya –unos veinte en total– constituyen imágenes visuales y sonoras puras, cada uno de ellos una imagen-tiempo, que hace fluir el tiempo en directo. El cuerpo está mostrado en sus ceremonias y rituales cotidianos: la charla recurrente, el abanicarse, el pelar y comer una naranja, cortar la caña o lavar la ropa, todas las actitudes del cuerpo remiten fuertemente a las categorías de la vida y de la muerte. Aquí no interesa la performance actoral: los personajes siempre están tomados de lejos, y no son más que mediadores entre el espectador y la situación que se impone. El estado de espera queda en reemplazo de la imagen-acción, las charlas de los padres resultan situaciones absolutas, estados puros, ajenos a la cadena de acciones y consecuencias: empiezan y acaban en sí mismas. Una cuidadísima banda sonora registra voces y silencios, truenos, ladridos y el canto de los teros, con el agregado de que Encina utiliza el recurso de la voz en off para todo el film, lo que le imprime un asombroso grado de estilización.
La realizadora se identifica con el cine de Lucrecia Martel y Lisandro Alonso, y se perciben huellas de ambos en su opera prima. Paz Encina se inscribe en una tradición de directoras del cine moderno que han sabido filmar la física de los cuerpos y los elementos, como lo hace Martel, y también Alonso. La tierra, las plantas, el aire y el agua se sienten en toda su densidad. A eso agreguemos que el responsable de la fotografía es Willy Behnisch y del sonido Guido Beremblum y Víctor Tendler, y tenemos representado el lado más progresista del nuevo cine argentino colaborando con Encina. Una vez más se pone en evidencia la sensibilidad de la productora Lita Stantic para apoyar proyectos y descubrir talentos. Hamaca paraguaya ganó en el último Festival de Cannes (2006) el premio de la Fipresci (Federación Internacional de Críticos).
Es muy claro que Encina es una cabal conocedora de la identidad social y cultural de Paraguay. Se han ensayado diversas interpretaciones de Hamaca paraguaya: algunos ven en esta evocación de la Guerra del Chaco un alegato antibélico; la directora declara que quiso expresar la melancolía propia de Paraguay; para otros, se trata de la espera de un mejor destino para ese país y para todo el continente latinoamericano. Todas esas lecturas son válidas, porque su film casi atemporal es lo suficientemente abierto como para contenerlas a todas.
En pocas oportunidades como en ésta he sentido en cada plano el peso del tiempo, al decir de Tarkovski. Y sobre todo en el final, en su viaje hacia la noche, la (casi intolerable) sensación vívida de desembocar en la muerte.

Josefina Sartora

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